Cuento: El hombre más feliz de esta tierra
Autor: Reynaldo Marcos Padua
Antología: Relatos en espiga/ Cuentos del grupo Guajana
Ediciones Huracán, Inc.
Primera edición 2007
Apuesto
a que son muchas las personas que, como yo, iniciaron sus pasos
literarios con las fábulas y leyendas en la niñez. Entre ese universo de
lectura tiene que haber un grupo sustancial que leyó la del zar que
enferma de gravedad y, siguiendo uno más entre múltiples consejos, envía
a sus emisarios a buscar la camisa del hombre feliz, detalle que
supuestamente le curaría. La conclusión terrible del cuento es que el
único hombre feliz sobre la tierra, no tenía camisa. Tenía de todo lo
que le hacía feliz, pero no, lo que podría sanar al rey.
Tal
vez alguno de estos lectores ignoraba, sin embargo, que el autor de
este inolvidable cuento fue el famoso escritor ruso llamado, León
Tolstói (es que cuando niños conocer este tipo de detalles no era lo
importante). Por eso avanzo a revelar el nombre del autor de un
maravilloso cuento que, a pesar de ser muy diferente, trajo a mi memoria
el cuento leído cuando niña. Me refiero a Reynaldo Marcos Padua y su
cuento “El hombre más feliz de esta tierra”.
Aunque
hacen, ambos, referencia a un hombre que supuestamente representa a la
felicidad, solo tienen en común el tema y la contradicción resultante al
comparar la búsqueda del ideal, con la realidad. La narración de Padua
comienza detallando una gama extensísima de representantes de todas las
ramas: sociales, políticas, económicas y religiosas (que puede sospechar
tener un país), todos ellos dándose cita en una celebración que
festejaría al hombre más feliz de la tierra. Los discursos no faltan
tampoco. Hablaron acerca del civismo, de la humildad y de la patria,
mientras brindaban con sus finas copas y se impacientaban por la
tardanza del homenajeado. El chivo expiatorio hace su entrada,
ruborizado, confundido, avergonzado y cargado en hombros: el hombre
escogido como el más feliz. El insignificante empleado de oficina que a
todo respondía, con una sonrisilla en afirmativa, estaba allí sin saber
por y para qué. No era necesario que él, el homenajeado, hablara
diciendo cómo se sentía. Su sonrisa de comercial de televisión lo decía
todo, las lágrimas que asomaban eran de felicidad, asumió todo el mundo.
No le importó a nadie desconocer que no lo eran. El hombre, sin
proponérselo, era un impostor de la felicidad. Ni en ese momento ni
antes ni después, le importaría a nadie lo que en realidad sentía o
pensaba. Ni siquiera que no era, ni se había propuesto siquiera serlo,
representante de la felicidad terrenal.
El
relato, excelentemente ambientado en la atmósfera de hipocresía social
que suele acompañar este tipo de eventos (que nada resuelven porque nada
se proponen resolver, en realidad) nos presenta, en pocas y suficientes
páginas, la mentira que se monta a diario para desviar la atención del
pueblo hacia cosas menos importantes, nada trascendentales, creadas de
la nada. Tristemente, como en la vida real, se usa como herramienta a la
misma gente que se pretende engañar. Alguien que no es de ese ambiente
ni disfruta de los privilegios y celebraciones a los que los
administradores de las diferentes estructuras están acostumbrados, cosa
que, al final y a la postre, ni siquiera es lo que las víctimas
pretenden hacer creer. Por otro lado el hombre, acostumbrado a aceptar
todo lo que a ellos se les ocurra y mantener una sonrisa de complacencia
por eso mismo, por complacer, por no mover el bote que podría ocasionar
la pérdida de lo poco que cree poseer, se somete a la vergüenza de ser
coautor de “la fiesta de la mentira” que se fragua sin su
consentimiento. Es conveniente para todas esas esferas de poder que el
hombre sea así: sumiso, callado, obediente, que se deje llevar en este
gran circo montado por ellos, solo para su propio beneficio y disfrute a
pesar de las cantaletas de civismo que acompañen el libreto.
En
este reparto, los invitados especiales tienen la palabra. Esas son las
únicas que se escucharán. Una repetición, hasta el cansancio, de las
características del ciudadano común que lo llevarán a la felicidad.
Reynaldo Marcos Padua se atreve, en medio de un tono ligero, casi
festivo, a ilustrar con su cuento toda una filosofía de amansamiento que
se realiza alrededor del ciudadano común a través de su vida, desde la
tierna niñez hasta una adultez de “zángano de colmena”. El que se
acople, que se adapte a la camisa de fuerza y logre mostrar una actitud
de tranquilidad durante el proceso, puede llegar a ser reconocido como
ciudadano ejemplar y tal vez hasta consiga que le celebren esa docilidad
que los poderosos bautizarán como “felicidad”.
Lo
que opine el ciudadano es secundario, ya que se puede inferir por el
silencio que guarda y por su actitud de aceptación, según descrita en la
excelente escena de domesticación absoluta, (p115): “Pero ahora estaba
allí, en medio de una apoteósica escenificación de su persona en el que
se le reconocía como el más ducho, el más solícito, el más disciplinado,
el más increíble ser de la patria borincana, por su perfecta capacidad
para decir que sí, que sí, sonriendo y abierto y al fin llegaba, señoras
y señores, el hombre más feliz de esta tierra, ejemplificado
admirablemente por su sonrisa ingrávida. Sí, aquella sonrisa que lo
había acompañado desde la escuela, en los momentos fuertes,
involuntaria, protectiva, terriblemente comprometedora.”
Agridulce
celebración al ciudadano manso, por parte de los poderosos, de los que
hablan duro, de los que abusan. Agria para el hombre bueno; dulce para
el que de él vive hasta que ya (el hombre) no pueda… o hasta que se
canse de sonreír con mansedumbre y responda, aunque ya no le llamen
“feliz”.
(imagen de portada: El hombre enjaulado, de http://nestodesign.blogspot.com/)

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