Cinco días
Ni siquiera una semana completa de visita a “La gran manzana”, me tomó el observar algunos aspectos de nuestra realidad, como especie. Los puertorriqueños:
1. no somos los únicos alborotosos, ni los más descorteces, fuera o dentro de la Isla.
2. nos reconocemos y complacemos cuando nos encontramos fuera de nuestra tierra, como los compatriotas de otras naciones.
3. somos agitados, por el piloto y el equipo de vuelo, para que aplaudamos al aterrizar el avión.
También observé que el calor no es tan malo, después de todo, especialmente si se comparan nuestros 80º con los 29º de la primavera de Nueva York, o la cantidad de ropa que hay que ponerse y quitarse cada vez que se sale o entra de los espacios cerrados, además de lo incómodo que me resulta el aire seco de los interiores en tiempos de frío.
Que la gente, allá, no se mira mientras camina, unas veces por el frío del ambiente, otras por el de los corazones.
Que la criminalidad y los accidentes automovilísticos y la eficacia o falta de ella, en términos del desempeño policiaco, es similar.
Que el tren subterráneo puede resultar un símbolo más exacto, de la vida en esa complicada ciudad, que la manzana, o la estatua de la libertad, así como el helecho en cierta medida podría simbolizarnos a nosotros.
En este corto pensamiento, no quiero detenerme en los dos dólares por botella de agua Dasani, en cualquier farmacia y que en esa misma línea, cualquier desayuno barato puede salir en catorce dólares. Ni, mirando lo positivo, en lo grandioso de sus espacios, decoraciones y atención a los detalles en los lugares públicos.
Quiero, en cambio, concluir que a pesar de que reconozco que podría sobrevivir en ese ambiente, estoy muy feliz por regresar al calorcito general de mis 100 x 35, los tapones y el idioma.
Y, caramba, que no puedo negar que lo de caribeña va más allá del color tostado de mi piel.
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