un sábado de julio... un sábado de agosto



y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.
(Génesis 2:2)
Un sábado de julio                    
Madrugada:                                   
Otra noche difícil para mi padre. A pesar de su dosis de Restoril y Xanax, despertó a la una de la madrugada con un grito hondo, desesperado, seguido por incontables ayes susurrados. Así estaba cuando llegué a su dormitorio. La cuidadora lo acomodaba, lo acariciaba, le hablaba en voz baja con su boca muy cerca del oído. Él parecía no escucharla ni sentir las caricias de aquellas manos samaritanas que intentaban aplacar su incomodidad. Tomé el lugar de Tina, junto al lecho de mi padre. Pasé mi mano por las hebras del cabello anciano. Pedí su bendición. Contestó con un suspiro, no sé si de respuesta, de queja o de cansancio. Le hablé de lo mucho que lo amo, de lo importante de su ejemplo en mi vida a través de los años. Le hablé del infinito amor del Dios que junto a mi madre me mostrara desde niña. Le hablé de mis libros, de mis nietos, le conté anécdotas graciosas, recosté mi cabeza en su almohada, para que me sintiera cerca. Solo quejidos salieron de su boca. Ni por un segundo abrió sus ojos. La luz del amanecer se coló entre algunos agujeros de la persiana. Miré a Tina que cabeceaba sentada en su cama, negándose unos minutos de sueño, como si se tratara de su padre también. Consulté el reloj. Ya era hora del desayuno. Mi esposo estaría despertando en ese momento. Me dirigí a la cocina. Preparé la cafetera y puse a calentar el sartén mientras cortaba en pedazos el jamón y la cebolla. Batí los huevos. Los gemidos de mi padre se escuchaban por el intercomunicador. Rellené la tortilla, sazoné el café, acomodé la taza junto al vaso con jugo de naranja, el banano, y el platillo, en la bandeja. Casi olvidaba los cubiertos, cuando escuché otro lamento urgente de mi padre y la voz de Tina preguntando ¿dónde le duele, abuelo, es aquí? ¿la cabeza? ¿la espalda? ¿qué es abuelo, el pecho?  “La vida”, apenas entendí su respuesta, “me duele la vida”. Llevé la bandeja a mi dormitorio. Entreabrí una ventana, me detuve un segundo a observar un pajarito que picoteaba el trapeador que había olvidado la noche antes, junto a la pileta. La diminuta avecilla halaba uno de los flecos del trapeador, se acercaba, tornaba a halarlo. Su lucha obstinada no cesó hasta que logró desprenderlo. Antes de que me separara de la ventana, ya el ave surcaba el cielo con su pedazo de nido. Sequé con los dedos la humedad que nublaba mi visión. Me dirigí al pasillo y toqué suavemente la puerta del baño para avisarle a mi esposo que su desayuno lo esperaba en el dormitorio. Regresé a la habitación de mi padre. Está tranquilo, susurró Tina. Miré la puerta entreabierta del sanitario de la planta baja y me percaté de que tenía urgencia de usarlo, desde hacía mucho rato.
Tarde:
Preparé el almuerzo: arroz blanco, habichuelas guisadas, pollo encebollado. Lo hice todo muy de prisa pues quería asegurarme de que mi nieto comiera antes de que el padre lo viniera a buscar. Tina trató de dar la dieta a mi padre. Casi no comió; tan pronto se ahogó dejó de alimentarlo y lo mantuvimos semi sentado para tratar de que respirara mejor. Las horas que siguieron fueron angustiantes. El tosía corrido y hacía un sonido extraño con su garganta, como si tuviera carraspera y quisiera expulsar algo de su esófago. La brega fue intensa: él, entre tosidos y lamentos y nosotras, tratando de acomodarlo para que vomitara, si fuera necesario. Después del derrame cerebral, a él se le hacía casi imposible escupir y todo lo que tragaba, con mucha dificultad, debía tener una consistencia cremosa: ni muy líquida ni muy espesa. Yo me encargaba personalmente de preparar sus alimentos y congelarlos en envases individuales. Es un cocido sumamente nutritivo: espinacas, brócoli, zanahorias, calabaza, gandules y pollo. A esto le agrego un poco de sofrito y aceite de oliva, luego de dejarlo refrescar un poco lo muelo en la licuadora y congelo hasta su uso. Tal vez todo esto debiera escribirlo en pasado, porque hoy tuvieron que pasarle un tubo nasogástrico para la alimentación. De ahora en adelante todo lo que ingiera, tendrá que ser tan líquido como la leche; hasta los medicamentos molidos tapan el tubo a veces. Fue doloroso verlo soportar la inserción del tubo. Me siento un tanto vana al pensar en mi dolor, cuando en realidad es él quien sufre esa cama, esa parálisis de su cuerpo, esa limitación de todo menos de sus pensamientos, que existen solo para torturarlo y recordarle que ya no puede hacer por sí solo ni siquiera lo más básico; que tiene que permitir, con mucha vergüenza, que limpien sus desechos y exploren su cuerpo mientras lo bañan (él, que nunca se dejó ver sin camisa ni en su propia casa). Ay, Padre amado, me sirve de condena tu sufrimiento. A pesar de lo que me enseñaste en la niñez, encuentro injusto este tormento que vives demasiado tiempo.

Un sábado de agosto
Madrugada:
Preparé la cafetera y puse a calentar el sartén mientras cortaba en pedazos el jamón y la cebolla. Batí los huevos. Solo el ruido de la estática  se escuchaba por el intercomunicador. Rellené la tortilla, sazoné el café, acomodé la taza junto al vaso con jugo de naranja, el banano, y el platillo, en la bandeja. Casi olvidaba los cubiertos, cuando escuché unos sollozos salir de la habitación. Él no se quejaba. La puerta estaba entreabierta, Tina apoyaba su cabeza entre sus manos, sus hombros convulsaban por el llanto.  Me acerqué a la habitación en penumbras. Mi padre parecía dormir. Tina levantó la mirada, el rostro bañado en lágrimas. Se nos fue, susurró con voz quebrada.   Me acerqué al lecho, puse mi mano sobre la frente amada, sobre sus manos inertes.  Todo se detuvo.  Ya no había gritos, ni llanto, ni miedo. Solo él y yo, y la calma que bañaba nuestras manos unidas. Una tibieza llenó mis entrañas: mi pecho, mi garganta, mi cabeza. Una tras otra, las imágenes cruzaron por mi cerebro. Como si fuera mía, vi su vida, día tras día: golpeaba la madera con su martillo, silbaba una tonadilla, arreglaba el nacimiento, secaba el sudor de su frente, besaba la de mi madre, me cantaba una danza, reía amoroso, lloraba la muerte de mi madre, esperaba pensativo frente a la ventana, convulsaba en el suelo, sollozaba su desnudez en el lecho de enfermo, oraba por su vida, clamaba por su muerte, gemía su impotencia, besaba mi mano, gritaba de dolor… descansaba.

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