Las Vegas

Las Vegas

Son las once y treintaycinco de la mañana en Las Vegas. No se observan tapones en la autopista, pero sí la espesa contaminación que casi cubre las montañas. Aquí no llueve, no son nubes los velos que cubren las alturas. La sequedad del ambiente, cuyo calor supera los 100 grados no se parece al calor, también intenso, de mi Isla tropical.

En los hoteles hay máquinas de juego desde la misma entrada, en todos los lugares, a cualquier hora. Todos fuman. No se observa muchas personas en sillas de ruedas o con andadores. En los días que llevo aquí no he visto un solo policía... A lo mejor visten de civil, se disfrazan para hacerse invisibles y no hacerle la vida incómoda al turista, pero tampoco he notado a nadie que parezca carterista, delincuente o sospechoso.

Me han dicho que abundan las prostitutas, ¡jajaja! Ayer me paré al lado de dos de ellas. Recostadas las tres contra la misma vitrina. Lo sé, no por su escasa vestimenta, sino porque tanto ellas como yo, avanzamos a saludar a mi esposo cuando se acercaba.

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