Dinosauria... de nacimiento

Cada vez que escucho la palabra dinosaurio, unida a los sesenta años de edad, me acuerdo de la época en que pensaba, que volverse una “cuarentona” era llegar a la vejez y que (por lo tanto) la persona afectada debía comenzar con los preparativos de despedida (de este mundo cruel que permite que eso le pase a personas buena gente). Por eso me deprimí como nunca al cumplir los cuarenta y tardé en resignarme a la ancianidad toda una década. Cumplir los cincuenta no me hizo mella y llegué a pensar que ya estaba "curá" de espanto. Entonces se me ocurrió mezclarme con jovencitos recién graduados de Bachillerato, en una Maestría que forzosamente me llevaba de la mano a la clase más inclemente que podía encontrar: la “artística”. Desconozco si sucede así en todas las profesiones o si el nivel de celo profesional se siente más en este mundo, por aquello de la sensación de libertad que el arte nos da. Lo cierto es que a veces me siento como una cucaracha en un baile de gallinas. No sé si a mí también se me fue la guagua y no debo pensar más en escribir, si soy el jamón del sándwich “ni de aquí ni de allá” o si me debo "hacer la loca", como si tuviera treintipico. En ocasiones creo que me quieren, otras siento que me seguirán queriendo si me mantengo calladita (para verme más bonita). Lo malo es que muchas veces siento que yo también soy artista y que tengo todo el derecho de opinar, especialmente cuando pienso que la calle está mala, que mis nietos están en la adolescencia o cerca de ella y que tengo la responsabilidad de aportar algo para que esto no se jo… robe demasiado rápido. Tu sabes, alargar el asunto hasta que los niños índigo tomen las riendas de este mundo condenado a la extinción. En esos momentos, cuando pienso en mis hijos y en mis nietos y en los futuros hijos de mis nietos, no me importa si me quieren o no, mis colegas. No puedo adjudicar culpas ni a mi generación ni a las que subieron detrás de la mía, pero creo que hace rato lo que se nos perdió fue el norte, y no queremos detenernos a analizar lo que hacemos y cómo terminará por perjudicarnos a nosotros mismos. Las palabras respeto, consideración, solidaridad, agradecimiento han ido perdiendo su significado y desde arriba hasta abajo y viceversa nadie quiere ser menos que nadie, todos quieren ser los cheches de su película y de la de los demás. Nunca pensé soltar al viento estas palabras. No me interesa que le busquen más patas al gato de las que tiene ni piensen que digo esto por vieja y dinosauria. Si esto es cierto, soy vieja desde hace tiempo y dinosauria de nacimiento. Es más, pensando en esto estuve buscando información acerca de los dinosaurios (seis millones, seiscientos treinta mil entradas en internet). Quería saber qué tipo de dinosaurio soy, según los jóvenes de mi tiempo.
Siempre he pensado que esa extraña combinación de equis y yes que me componen, es tan importante y tan perecedera como la de cualquiera de los millones de personas que sean más jóvenes, más ricos, mejor articulados y hasta más bellos, que yo. Pero el sitio que ocupo en este mundo es tan mío, como el que ocupa el escritor más famoso o el genio más brillante. Dicho esto, antes de que la demencia senil haga que se me olvide, declaro que de todas maneras: creo en el respeto, en la amistad, que nunca dejaré de brindar mi mano a quién desee aceptarla… y que me resisto a la extinción.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Fuimos, SOMOS, Seremos - Página 1

Sobre mi cadáver

El sabio de la familia