Circunloquios
en el hospital…
Miguelángel está enfermo y sonríe por la batita que le regalé. Se acuesta bocarriba con las manos enlazadas bajo su cabeza y sus piernas muy estiradas, como lo haría un rey en su mullida cama real. Sólo que él no es un rey en su rica alcoba, ni la dura cama de hospital es el suntuoso lecho seguro de un monarca. Es la misma cama donde, tal vez, horas antes se alojó un terrible virus, donde sufrió dolores o asfixias otro niñito, tan o no amado como el nuestro, pero con el mismo deseo de soñar, de ser importante, de llegar a grande.
Mi corazón llora con su sonrisa. Trato de no mirar sus ojitos llenos de ilusión, ni los de su madre, mi otra niña, aterrorizada. Cambio la mirada hacia el armario ocupado y desocupado por tanta esperanza, cansancio y sufrimiento y elevo mi oración al Padre:
Perdón, Superusted, que todo lo sabe, lo puede, lo crea, por mi ignorancia, mi insolencia, mis desaciertos; si todo lo puedes, como sé que puedes, ¿por qué enfermar a los niños? Porque soy insolente no creo en eso de que la culpa de los padres la pagarán los hijos. Cada cual con su propia carga, dice esta vieja malcriada. Si todo lo creas, como sé que creas ¿por qué las enfermedades, al fin y al cabo? Por mi ignorancia no quiero creer en Adán, ni en Eva, ni en el fruto prohibido, ni en el castigo de un ser poderoso contra unos insignificantes muñecos de barros. Cada cual con sus culpas, dice esta vieja bruta. Si todo lo sabes, como sé que sabes, ¿por qué agregaste la duda al caldo de la inteligencia humana? Sólo a mí, insolente e ignorante humana corresponde errar.
De todas formas, Padre, pongo en tus manos al mío, y al de la camilla del lado, y a los que no pueden ocupar una camilla, ni una cama, ni un pedazo limpio de suelo. Al mío, que tiene a su madre estrechándolo en su amor, y a los que no la tienen cerca, y a los que aunque la tienen son ignorados, o abusados, por ella y los otros custodios de su seguridad. En Tus Poderosas Manos, que todo lo pueden, y lo crean, y lo saben; son todos tuyos, Señor, más que de ningún humano ignorante, insolente o torpe.
Suspiro. Vuelvo la mirada a mi sol de ocho años, para recibir un “te amo” espontáneo de sus labios y una sonrisa de sus ojos de luz.
Todo está bien.
Vuelvo a suspirar.
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