Circunloquios: El arenque


El penetrante olor se apoderó vertiginoso de cada esquina de la casa. Como ladrón al acecho, me tomó de improviso y adueñándose de las confusas células de mi cerebro, estimuló uno a uno todos mis sentidos. Primero fue el aroma, tan salado, que me hundió en las profundidades del mar en fracciones de segundo. En su busca, corrí a la cocina, para encontrar a mi padre concentrado en la tarea de calentar el oscuro alimento, que entendí que lo era porque usaba un sartén, utensilio prohibido a utilizarse para cualquier cosa que no fuera la cocción de nuestra cena. La escena no resultaba exactamente exquisita. Mi padre no entraba a la cocina a menos que fuera a preparar algún postre, como el sabroso pudín, o el merengue, que se deshacía en mi boca con solo pensarlo; y aquello no podía estar más distante a un dulce que la carne cecina.
―¿Qué es eso? –pregunté mientras arrugaba mi naricita de seis años.
―Arenca ahumá -respondió mi padre con una sonrisa de satisfacción, una de esas que no fue hasta que crecí, que vine a comprender, a gustar y a utilizar con mis niños. La sonrisa del conocimiento de que se abrió una puerta en el mundo curioso de la infancia.
―¿Pero… qué es? –insistí.
―Es un tipo de pescado salado.
―Y a ti ¿te gusta? -le pregunté a mi dios.
―Unjú –y agregó: es delicioso.
―Y los niños ¿pueden comerlo?
―Solamente si son muy cuidadosos.
―¿Por qué? –inquirí muy curiosa.
―Porque tiene mucha espina.
―Y a ti ¿no te hincan las espinas?
―No.
―¿Por qué?
―Porque soy cuidadoso, mira, se las saco fácil porque el caliente las levanta, pero comoquiera hay que tener cuidado al comerla, no vaya a ser que se haya quedado alguna.
Observé con mucho interés cómo se levantaban las delgadas espinitas del extraño pescado seco. Mi padre las retiraba de dos en dos o de tres en tres, con una destreza admirable. Desprendió el negro pellejo y comenzó a desmenuzar la carne en busca de más espinas.
―Esto es lo más rico que tiene la arenca –dijo, mientras extraía con una cuchara un puñado de minúsculas bolitas escondidas en el vientre del pescado. Mi sorpresa no tenía límites:
―¿Qué es?
―La hueva. Son los huevitos de arenca que no llegaron a nacer. ¿Quieres probarlo?
Mi cabecita avanzó a agitarse de lado a lado en negación, pero algo observó mi padre, tal vez una mirada abierta al mundo de la experimentación, que avanzó a acercar una pizca de los huevecillos a mi boca. Con los ojos muy abiertos y la fe puesta en el hombre más sabio del mundo, extendí mi lengua para ponerla a la disposición de aquel momento histórico en mi vida. El salado medio amargo de la sustancia arropó cada glándula gustativa en mi sistema digestivo. Un leve mareo me llevó a una conclusión instantánea: me gustaba. Era divertido sentir los huevecillos presionados entre la lengua y mi paladar, masticar hasta escuchar aquel mundo de seres no nacidos reventar entre mis dientes. Me sentí grande. Me había atrevido a dar un paso más allá del arroz y la habichuela en mi limitado menú de la niña de post guerra. Estaba segura de que ninguno de mis amiguitos se habría atrevido a degustar semejante bocado, incluso aunque la frágil economía de sus hogares se lo permitiera.
Extendí mis dedos hasta los pedazos que no habían sido desmenuzados:
―¿Te ayudo?
―Si te lavas las manos primero.
Corrí al fregadero que apenas alcanzaba, y en puntitas de pies logré abrir el grifo del agua para lavar meticulosamente cada pulgada de mis diminutas manos. Las sequé en el trapo que colgaba de la gaveta y avancé a acercarme al área de trabajo de mi padre, la mirada adherida al pescado. ¡Cuán sabio era! Aun cuando él había extraído la mayoría de las espinas, pude sentir cada una de las que, escondidas entre las oscuras fibras, escaparon del minucioso examen de mi padre.
No me fijé si me miraba, pero estoy segura de que no perdió ni un fragmento de aquel proceso de descubrimiento que provocó. Tomé un pedazo de la parda carne y la llevé decidida a mi boca, esta vez deseosa, sin susto ni duda.
Estoy convencida de que si Handel no la hubiera compuesto antes, en ese momento se hubieran revelado en mi mente los acordes del oratorio en Re Mayor del Mesías: Aleluya, aleluya!
No ha sucedido un solo día en que al observar un arenque en alguna bandeja de supermercado, deje de recordar el amor que me expresó mi padre durante aquel proceso descubridor.

Comentarios

Jose Ramon Santana Vazquez ha dicho que…
...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


TE SIGO TU BLOG




CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...


AFECTUOSAMENTE
EN ESTA VIDA

DESEANDOOS UNAS FIESTAS ENTRAÑABLES DE NAVIDAD 2009 ESPERO OS AGRADE EL POST POETIZADO DE CREPUSCULO.

José
ramón...
Miranda Merced ha dicho que…
José Ramón,
Gracias por tu visita, poeta. Eres bienvenido a estos humildes caminos.

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