Sexto sueño - Marta Aponte Alsina

Cuando niña mi madre utilizaba la expresión “estás en el sexto sueño” indicándome que estaba en un estado de semi inconciencia, donde, a pesar de que no dormía, tenía un contacto mínimo con la realidad. En ocasiones intercambiaba el término diciendo que estaba “en babia”. Pretendía llamar mi atención hacia lo nocivo que podría ser mi despego de la realidad, al alejarme de ella y de las herramientas que entendía me era necesario construir, para bregar en este mundo material. Recuerdo cómo me sentía en aquellos episodios. Dejaba de escuchar, ver, y tal vez hasta olfatear mi entorno. Creo que las sensaciones más primitivas, como el sentido del tacto, se mantenían despiertas con el propósito exclusivo de preservar la vida. Era como decir el hibernar de los humanos. Sería, se me antoja, algo así como el estado de meditación yoga. Una excursión hacia el conocimiento primario de la naturaleza humana, donde ni las palabras son importantes. Hoy en día se tacharía ese tipo de estado como de ausentismo, o epilepsia, o tal vez autismo.
Al acercarme a la obra de Marta Aponte, (fíjarse que escribí “acercarme” en ningún momento he llegado al punto final del goce, el que llamamos “análisis”), tuve la sensación propia del que estuvo en ese viaje “enbábico”. No se lee estas líneas si hay otra actividad que requiere una atención simultánea a la lectura. Hay que concentrar la atención en una especie de meditación, para entender el mensaje subyacente en la obra.
Violeta, Nathan, Sammy, Carmen e Irenaki tienen una comunicación primordial directa, sobrepasando todos los límites lógicos de la realidad. Sus componentes físicos pierden importancia, la lepra o momificación de unos, la fealdad o limitaciones físicas de otros no son lo importante de la obra a pesar de que se describan estos detalles con precisión y reiteradamente. Es la difuminación de contornos resultante, lo que domina al espíritu, mientras se lee la obra. No habla Nathan, sino Violeta, ni Nathan ni Violeta, es Irenaki en su lenguaje bolerístico en uno de mis capítulos favoritos, “Miss Bunning”. Hay que mirarla desde lejos, como los murales de Diego Rivera, y luego acercarnos para sentir las emociones de los autorretratos de Frida. Sentir la poesía latir a través de unas líneas que podrían clasificarse como morbosas es una experiencia nueva para mí (debo confesar). Me pareció un tipo de existencialismo nuevo, donde la angustia existencial no es tal, pero hay angustia y hay cuestionamientos sobre la existencia. Tal vez hay por ahí algo más con estos colores, que de existir, iré descubriendo. Espero sinceramente poder disfrutarlo como disfruté de esta nueva novela de Marta Aponte Alsina

Comentarios

Yolanda Arroyo Pizarro ha dicho que…
Me encantó la novela y el comentario que haces de ella. Un abrazo.

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