¿Dónde está nuestro ombligo?
A diferencia de lo que puedan pensar o decir quienes no nos conozcan como raza, y se piensen superiores, lloramos más por los demás que por nosotros mismos.
Somos empáticos por naturaleza. Aunque no nos lo propongamos, en una medida u otra, nos perturba el dolor ajeno y nos inclinamos a tratar de ayudar al que sufre.
Es que aunque no seamos ricos, hasta hace poco habíamos tenido mucha "suerte". Algo me avisaba de la proximidad de una gran tragedia... siempre pensé en un terremoto (seamos librados).
El "Huracán María" se propuso aplastarnos, poner a ras la tierra, destruir lo que respira y lo que no. Por poco triunfa. Destruyó nuestro habitat y casi aniquila nuestro espíritu.
Del casi, al por completo hay una brecha. Brecha que quiere ser borrada por una supuesta deuda arreglada entre poderosos. Gente que tal vez, ni conozcamos los buenos puertorriqueños. Conocidos solo por unos pocos que ellos mismos sabrán quienes son.
Yo también quise salir de aquí. Irme de mi Isla en busca de la seguridad para los míos. El sentido de la responsabilidad para con ellos me apremiaba. Los estudios, la salud de mis nietos, la vida interrumpida, el horror de la destrucción, de la muerte, de las epidemias, ¡tantos fantasmas terribles! encima de mi propia condición.
Una palabra vino a mi mente. Una que arrastra consigo otras más, toda una cultura y calidad de gente: Patria. Borinquen, Puerto Rico, puertorriqueña, puertorriqueños, caribeños, latinos, raíces, familia, amor, alegría, fidelidad... bondad.
Estamos sazonados, curtidos y añejados.
Hace falta más de un demonio para destruir nuestra raza; se llame Colón, Huracán o Trump. Si nunca dejamos de ser taínos, no dejaremos de ser puertorriqueños.
Algunos se tomarán un descanso, otros se re quedarán, pero nadie olvidará sus raíces, su hechura, su cuna con olor a plátano.
No se confíe quien no nos ama, no se recueste quien no nos respeta. Sabemos dónde están enterrados nuestros ombligos, y defenderemos nuestra raza desde la posición que sea.

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