El tercer escalón (Con música del tango Roxanne de fondo)
Ella se levantó al escuchar su nombre. Los aplausos, como la ola que
envuelve al surfista, la hacían caminar un poco tambaleante. Pensaba en
su nombre al lado de los nombres que tanto le inspiraban. Se disponía a
subir los escalones que la harían diferente a los demás, ante los ojos
de los demás. Pensaba en los amigos, en quienes a lo mejor ahora
dejarían de serlo, y en muchos más que, tal vez, desearían su amistad
como quien cree en los dioses del
Olimpo. Se vio en la tarima, entre nubes y cánticos angelicales,
ensayaba un discurso (subía un escalón), una sonrisa emocionada (el
segundo escalón), se escuchaba a sí misma con una voz dramática que la
haría inolvidable (un ardor punzante parecía oprimir su diafragma, le
impedía respirar), una mano sujetaba su brazo con una presión suave pero
firme. Desvió la vista del próximo escalón y tropezó con la mirada
extraña de algunos colegas. Sintió el acoso de la envidia, la rabia, la
sorna... sintió la soledad que la aguardaba con una corona de laurel.
Por fin miró el rostro que iba con la mano que la sostenía, ya a
punto de dar el próximo paso. Una tibieza la invadió al primer contacto con
aquella mirada, con aquel conjunto de miradas. Su madre, sus hijas, las
amigas amadas que eran parte suya estaban en aquel par de ojos. Lo que
más le estremeció, sin embargo, fue ver que quien la miraba, era ella
misma desde afuera. No supo cómo regresó a su butaca. Escuchó la voz que nuevamente anunciaba el ganador del laudo. Escuchó el rumor de los aplausos, envolventes como olas.
Ya no importaba el nombre.
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