La Mujer Maravilla
Ada Ninfa Miranda es la hija mayor de mi padre. Es
la hermana que casi nunca se ve con los ojos del cuerpo, pero que está ahí,
amando, constante, creyendo, sin descanso; insuflando su aliento, sanador de
cuerpos y de almas.
Once años atrás su padre sufrió un derrame cerebral mientras él mismo calentaba la avena mañanera.
Lo dieron de alta de un bochornoso hospital mientras sufría un infarto
cardíaco. Lo desahuciaron de otro insensible hospital cuando quisimos posponer
que le insertaran un tubo para alimentarlo.
Ambas hijas lo amamos. Yo me fui a una esquina a llorar sin consuelo, la niña frágil, a punto de ser vencida. Las superheroínas no funcionan así.
Ada Ninfa Miranda llegaba cada mañana a relevar las
noches del que se hubiera amanecido con él junto a su lecho de hospital. Con la
paciencia de quien tiene todo el tiempo consigo, le acercaba a la boca anciana
una cuchara colmada de caldo, de leche o de suplemento líquido… aunque fuera
eso lo que podía tragar: una cucharada. Media hora después otra cucharada.
Media hora después otra cucharada. Todas las veces su voz suave, la misma que
acarició mis sueños infantiles, le repetía lo importante que era, lo muy amado
que era, lo hermoso que era. Poco a poco podía tragar algo más que una
cucharada. Cuando nos lo entregaron fueron “sinceros”: “una semana, si acaso.
Su corazón es una telita frágil que no soportará más de un estornudo”. No
contaban los ilusos con la fuerza del súperamor.
Aprendí, con mi súperheroína, cómo enfrentarme a lo
obvio, echar a un lado lo que decían “los que saben”, “los resultados”, etcétera,
etcétera, etcétera. Carmelo Miranda Hernández vivió siete años más en mi casa.
Es cierto que al final fue mucho lo que sufrió, pero durante el proceso pudo
decir muchas cosas aún con cierta dificultad; su mente estuvo clara todo el
tiempo; comió lechón y arroz con gandules, molido en la licuadora; oró con sus
hijos e hijas; rio muchas veces, de sus chistes y de los demás… y alcanzó la
meta que se había propuesto: llegar a los cien años de edad.
Estoy segura de que nada de esto hubiera sido
posible sin la participación de mis otros hermanos, quienes se volcaron con
todo el amor del mundo por su viejo…
pero muy particularmente la paciente,
sospechosamente angelical, decididamente heroica enseñanza de Ada Ninfa Miranda
(quien me ayudó a ser doctora en el amor incondicional) facilitó su
presencia, siete años más, entre nosotros.
Por eso me atrevo a publicar éste, mi credo
personal, sin temor a ser enjuiciada de la forma que se le ocurra a cualquiera:
No me cuesta ignorar los pensamientos “maduros” y “serios” que pretenden hacer mofa de esos infantiles que saben fantasía. Más que creer en ellos, yo Sé a los superhéroes.
Viven entre nosotros, en la cotidianidad de la
vida. Hay quien les llama ángeles (yo misma, a menudo), almas adelantadas,
abuelos y abuelas no importa su edad. Todo es lo mismo: igual que Dios es Dios,
sin importar si se ve o no, si se cree o no, si se piensa o no. Es Dios si se
peca o no… Es la Energía que nos mueve sin que haya que pensar en ello. No es
normas, reglas, prejuicios, niveles, diferencias, carne, carros.
Solo ES.
Gracias, hermana bendecida. Te amo.




Comentarios