El prisionero (de "Almarios en alquiler")




Tres golpes en la puerta interrumpieron la concentración del militar. Pensaba. La imagen de la niña de dos años, jugueteando con los pelos de su barba, se disolvió en el aire con el primer golpe. Una risita de cristal dio un par de vueltas más en su cabeza antes de resonar la última llamada contra la puerta.
Zahavy se miró en el espejo, irguió la espalda y respiró con deleite el humo del incienso, antes de emitir el permiso: ¡Adelante! Su mirada se detuvo en la suciedad de un cuerpo medio oculto tras el soldado que le saludaba con una mano, mientras sostenía el picaporte con la otra. Detrás de estos, dos soldados más esperaban en posición de atención, pero el oficial no se fijó demasiado en ninguno. Estaba acostumbrado a este tipo de estampa. Rara vez se detenía a examinar a los arrestados, pero en ese momento, con la frescura de su bebé acariciando todavía su recuerdo, la mente le planteó una insólita faena: invadir la intimidad del terrorista, en busca del alma. Saber si había una, dentro del ser repulsivo que amenazaba la paz de su retoño. ¡Levanta la cabeza! Ordenó a la vez que cubría levemente la nariz, con el dorso del dedo índice. Apenas soportaba el hedor a sudor rancio, que aquel cuerpo emanaba.  Ni un animal bañado en sus heces, sería capaz de provocar el asco que en ese momento violentaba sus entrañas. Sintió deseos de patearlo. Que algo tan inmundo fuera capaz de poner en peligro la frágil vida de su hija, de su esposa, de cientos de fieles que confiaban en él para rescatar lo que por designios divinos les correspondía, la tierra prometida, le parecía más ultrajante que nunca. Se puso de pie. ¡Que la levantes! exigió.
Ninguna prisa movió el despojo que coronaba el cuerpo del reo. Lento, cual caravana que confronta polvareda, se alzó el rostro ennegrecido del prisionero hacia la voz que exorcizaba sus demonios.  El militar valiente, atrevido, insuflado por el poder de su dios, urgía la mirada pagana en busca del alma asesina, si es que estos engendros tienen una, mientras exponía la suya en tal batalla. No tuvo que pelear mucho para ganar acceso, tan pronto la mirada oscura se posó en la del oficial, un manto de dolor lo atrapó despiadado, paralizando su voluntad por completo.  No supo cómo, ocupó Zahavy el cuerpo que momentos atrás no hubiera tocado. La mente del impío era ahora suya. O justo al revés, el otro lo poseía. Sentía lo que el otro, como si ambos fueran uno. Vibró su corazón, al escuchar la voz de una joven mujer embarazada que sin ser su esposa, de una manera extraña sí lo era. Fijó la vista en la amorosa criaturita que lo llamaba padre, era una niña de cuatro años, de cabello marrón y ojos oscuros. Traía en su manita un pedazo de sardina. Zahavy recordaba haber pescado en la madrugada, antes de comenzar el bombardeo. ¿Pescar? ¿Él, pescar? ¿Cada vez es más difícil comer, recordó el militar como si le constara. La niña estaba hambrienta, él  podía sentir el crujir de las tripitas en la barriga, pero estaba tan feliz al verlo, que le alcanzaba su bocado para compartirlo como si abundara la cena en sus días. Una tibia ola de amor lo llenó y sonrió.
 De momento, así, sin más aviso, un misil golpeó con violencia. Todavía sin poder preguntarse qué había sucedido, un segundo misil irrumpió, levantando la tierra en todas direcciones. Cuando el polvo comenzó a disiparse, Zahavy pudo ver los huesos de los dedos de su niña, en el suelo, separados del resto de la mano. Un poco más allá, unos ojazos oscuros prendidos a él parecían preguntarle por qué no había agarrado el pedazo de sardina que le extendía… Aunque realmente no preguntaban nada, porque nada había dentro de ellos, solo el poco de luz que la muerte todavía arrebataba, frente a los suyos. Zahavy sintió el dolor en sus propias entrañas. Fue como si le arrancaran el corazón de un zarpazo, sin matarlo, para que la tortura se volviera intolerable.  Preso de la angustia clamó por su esposa. ¡Soad! la llamaba, como si supiera su nombre. ¡Soad, la niña! Gritó al encontrar a la amada bajo los escombros.  Los ojos de su mujer estaban abiertos… lo mismo que su vientre. Una imagen infernal le arrebató cualquier deseo de seguir sobre la tierra. La angustia se tornó en espanto y en cólera y en odio y en dolor nuevamente. Soad estaba muerta. El hijo sumergido en una sopa de vísceras y sangre. Tripas y bracitos, sangre y pedacitos de persona; que alguna vez hubiera podido alcanzarle su porción de sardina, como la otra hija que yacía por allí, en aquel infierno.
Zahavy llevó sus manos a la cabeza, tiró de su cabello con fuerza y comenzó a gritar como nunca lo había hecho. Aullaba como lobo la pérdida irreparable. La pérdida de todo. Sus hijos, su esposa, su alma. Una descarga, como un rayo, lo tornó a su cuerpo. Estaba frente al reo. Zahavy temblaba. El hombre no. Zahavy sollozaba. El hombre lo miraba sin mirar. Sin amenaza. Sin sudor. Sin hedor. Respiraba, se mantenía en pie, pero más nada. Era una concha vacía. No tenía alma.
El militar dio un paso atrás. Sacudió su uniforme. Regresó a su escritorio mientras impartía un par de órdenes a sus hombres. Denle algo de comer, ropa limpia. Quítenlo de mi vista. Llévenlo a donde estaba. (No puedo tolerar esto que siento.) Es solo un pescador. Que regrese a su… casa. Esperó el sonido de la puerta cerrarse tras los soldados.  El corazón estrangulado por la tristeza. Zahavy se buscó en el espejo. Alisó algunas hebras plateadas que asomaban entre su cabello oscuro, extraño, no las recordaba, pero no era eso. Se buscó una vez más en el reflejo. Esta vez miró profundo, con detenimiento, hasta que el cerebro borró el rostro del cristal y penetró en lo más hondo de su esencia. Retiró, avergonzado, el espejo. Derrumbó los hombros, apoyó la cabeza entre las húmedas palmas de sus manos… y lamentó el encuentro.

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