La literatura: Elixir contra la realidad

En el pasado se creía que solamente los niños muy pequeños y los esquizofrénicos confundían la fantasía con la realidad. De hecho, el poder discernir entre lo real y lo ficticio era un signo de madurez que se tomaba en cuenta para los perfiles psicológicos de las personas. Con la llegada de la tecnología, se han ido difuminando estos conceptos, de una manera casi imperceptible. Cada día más son las personas (de todas las edades, sexo, etnia y religiones) que se sumergen tan profundo en la cibernética, que les cuesta reintegrarse a sus realidades. Es así, como al mirar los muebles en un catálogo llegan a pensar que poseen esta mesa, o televisor, antes de acordarse de que donde realmente se encuentra el artículo es en la realidad virtual de Yoville. Aunque sean personas reales, su círculo puede consistir en 100 ó 700 amigos que no conoce personalmente, pero con los que se comunica con frecuencia por facebook, algunos de los cuales puede que sean o no sean auténticos, puede que sean o no creaciones de otras personas, muy diferentes a como se venden en las redes. Y esto se hace sin que medie coacción ni aleccionamiento. Voluntariamente.
Este nivel de entrega y confianza, es algo a lo que aspira un escritor cuando ofrece su trabajo a los lectores. Credibilidad. Conseguir el compromiso del lector para que éste crea en la realidad que expone en su obra, por lo menos en el transcurso de esa lectura, es un logro que satisface más a un autor que la misma fama o el dinero.
Con la agitada y accidentada vida que experimentamos en la actualidad, es cada vez más difícil tratar de exponer hechos tan extraños, que no se estén viviendo actualmente. Comportamientos que antes se consideraban desviados, características increíbles, por morbosas, aparecen tanto en nuestros periódicos, que los escritores nos estamos quedando sin elementos sorpresivos en nuestros relatos. Todo es creíble en un relato, siempre y cuando exista la concordancia y una consistencia más o menos firme.
En el cuento La noche bocarriba, de Julio Cortázar, el protagonista se regodea en la cotidianidad, muy real y familiar, de su entorno, antes de las súbitas entradas y salidas de un sueño que lo lleva a cuestionarse al final cuál es su realidad y cuál es el sueño. El final abierto logra que el lector se ubique ante la, tal vez angustiosa, decisión de cuál realidad aceptará como buena.
En relatos como Crónica de una muerte anunciada, la séptima novela de Gabriel García Márquez, la historia se basa en un hecho histórico ocurrido en Colombia. Se considera su obra más "realista". A este respecto dijo Márquez en una entrevista: "No hay ni una sola línea en ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real." y en este libro es indudable.
Si nos acercamos a la literatura contemporánea y mejor aún, a la puertorriqueña, tenemos la oportunidad de experimentar en un relato muy corto del escritor Juan Félix Algarín, aquí presente, “El maligno” del libro Vivir del cuento, la casi presencia de un ser maléfico tras la espalda del lector. La mayoría de los lectores manifiestan la sensación de realidad lograda en las cortas líneas del microrelato. De esta misma forma y en el mismo libro, el cuento “Caricias que matan” parte de una realidad: la invasión de garrapatas en un hogar cualquiera, el suyo, el mío, el del vecino, al punto de que la desesperación lleva al protagonista al borde de la locura y siente la urgencia de destruir al invasor, las garrapatas, independientemente de lo que se lleve por el medio. Así es que vemos la aleación, más que interacción o combinación, de la realidad y la fantasía en la mente del protagonista, al punto de que el lector se cuestiona la validez de la conclusión (la que al fin y al cabo tomará el lector o lectora misma).
El compromiso que el autor consigue con el lector es posible ya que, según la misma ciencia no ha podido explicar con exactitud el funcionamiento y desdoblamiento de los pensamientos en el cerebro humano, estos se dan en la mayoría de los casos espontáneamente, sin que medie una planificación o análisis hasta después de su manifestación. Es decir, el lector no planifica: esto que voy a leer es imposible, no es realidad, es solo un cuento que me hace una persona hábil con las ideas y las palabras. El lector, si ha creído en la propuesta del autor, se encuentra inmerso en el relato para poder disfrutarlo a cabalidad. Aunque más tarde se ría (u horrorice) de las imágenes con las que su cerebro se distrajo por unos momentos.
En la película “Stranger than fiction” escrita por Zach Helm, la realidad es más extraña que la ficción. La promoción gancho lee: He’s not crazy, he’s just written that way (Él no está loco, solamente está escrito de esa manera). Una cita significativa a nuestros efectos: Tienes razón. Este narrador puede muy bien matarte. Así que humildemente te sugiero que te olvides de todo esto y continúes viviendo tu vida. (“You were right. This narrator might very well kill you. So I humbly suggest that you just forget all this and go live your life.”) (Jules Hilbert, el siquiatra a Harold Crick, el protagonista). El escritor es como un dios que puede matar o salvar a su personaje. Sin querer entrar en consideraciones religiosas, lo vivimos desde la niñez: el día de nuestra muerte está predeterminado. Alguien ya lo sabe. Está escrito. ¿Eso es todo? ¿Sin alternativas? ¿y qué del libre albedrío? ¿Cuál es el cuento, cuál es la realidad? Estamos bombardeados de contradicciones. Si no es así ¿por qué todo lo que me gusta engorda, hace daño o es pecado?
Lo que me lleva a la teoría que ahora les propongo: somos mentales en esencia; especulativos, inquisitivos. Lo somos, aunque los “adultos” nos quieran programar otra cosa (recuerden que retar la autoridad es malo). Desde niños, cuando nos leían los cuentos de hadas, y más tarde, cuando las buscábamos en los comics, en los muñequitos, en las películas, en los libros, nos secuestra la idea del “y que tal si…” (el what if americano). Ese escape es el que nos permite entretener la mente en un mundo alterno, ejercitar unos espacios o neuronas, como les quieran llamar, sin que caigamos en una esquizofrenia permanente (o real) y nos permita salir ilesos para continuar con las verdaderamente extrañas situaciones de la vida real. Si esto es cierto, entonces la literatura cumple una misión vital en la sociedad.
La literatura, como una medicina, nos mantiene alerta para evitar que caigamos en la locura permanente de la realidad.
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