sábado 30 de julio


La mañana:
Otra noche difícil para mi padre y su cuidadora. A pesar de su dosis de Restoril y Xanax, despertó a la una de la madrugada con un grito hondo, desesperado, seguido por incontables ayes susurrados. Así estaba cuando llegué a su dormitorio. Tina lo acomodaba, lo acariciaba, le hablaba en voz baja con su boca muy cerca del oído. Él parecía no escucharla ni sentir las caricias de aquellas manos samaritanas que intentaban aplacar su incomodidad. Tomé su lugar junto al lecho de mi padre. Pasé mi mano por las blancas hebras del cabello anciano. Pedí su bendición. Contestó con un suspiro, no sé si de respuesta sin palabras, si de queja o de cansancio acumulado. Le hablé de lo mucho que lo amo, de lo importante de su ejemplo en mi vida a través de los años. Le hablé del infinito amor del Dios que junto a mi madre me mostrara desde niña. Le hablé de mis libros, de mis nietos, le conté anécdotas graciosas, recosté mi cabeza en su almohada, para que me sintiera cerca. Solo quejidos salieron de su boca. Ni por un segundo abrió sus ojos. La luz del amanecer se coló entre algunos agujeros de la persiana. Miré a Tina que cabeceaba sentada en su cama, negándose unas horas de sueño, como si se tratara de su padre también. Miré el reloj. Ya era hora del desayuno. Mi esposo estaría despertando en ese momento. Imaginé su gesto serio al echarme de menos en la cama; lo vi tantear en la mesita de noche, encontrar su teléfono, buscar los mensajes recibidos, leerlos, contestarlos, alejarse cada día más del hogar que compartimos. Me dirigí a la cocina. Preparé la cafetera y puse a calentar el sartén mientras cortaba en pedazos el jamón y la cebolla. Batí los huevos. Los gemidos de mi padre se escuchaban por el intercomunicador. Rellené la tortilla, sazoné el café, acomodé la taza junto al vaso con jugo de naranja, el banano, y el platillo, en la bandeja. Casi olvidaba los cubiertos, cuando escuché otro lamento urgente de mi padre y la voz de Tina preguntando ¿dónde le duele, abuelo, es aquí? ¿la cabeza? ¿la espalda? ¿qué es abuelo, el pecho? “La vida”, le respondió mi padre, “me duele la vida”. Llevé la bandeja a mi dormitorio. Entreabrí una ventana, me detuve un segundo a observar un pajarito que picoteaba el trapeador que había olvidado la noche antes, junto a la pileta. La diminuta avecilla halaba uno de los flecos del trapeador, se acercaba, tornaba a halarlo. Su lucha obstinada no cesó hasta que logró desprenderlo. Antes de que me separara de la ventana, ya el ave surcaba el cielo con su pedazo de nido. Tonta como soy, tuve que secar la humedad que nublaba mi visión. Me dirigí al pasillo y toqué suavemente la puerta del baño para avisarle a mi esposo que su desayuno lo esperaba en el dormitorio. Regresé a la habitación de mi padre. Está tranquilo, susurró Tina. Miré la puerta entreabierta del sanitario de la planta baja y me percaté de que tenía urgencia de usarlo, desde hacía mucho rato.


La tarde:
Preparé el almuerzo: arroz blanco, habichuelas guisadas, pollo encebollado. Lo hice todo muy de prisa pues quería asegurarme de que mi nieto comiera antes de que el padre lo viniera a buscar. Tina trató de dar la dieta a mi padre. Casi no comió; tan pronto se ahogó dejó de alimentarlo y lo mantuvimos semi sentado para tratar de que respirara mejor. Las horas que siguieron fueron angustiantes. El tosía corrido y hacía un sonido extraño con su garganta, como si tuviera carraspera y quisiera expulsar algo de su esófago. La brega fue intensa: él, entre tosidos y lamentos y nosotras, tratando de acomodarlo para que vomitara, si fuera necesario. Después del derrame cerebral, a él se le hacía casi imposible escupir y todo lo que tragaba, con mucha dificultad, debía tener una consistencia cremosa: ni muy líquida ni muy espesa. Yo me encargaba personalmente de preparar sus alimentos y congelarlos en envases individuales. Es un cocido sumamente nutritivo: espinacas, brócoli, zanahorias, calabaza, gandules y pollo. A esto le agrego un poco de sofrito y aceite de oliva, luego de dejarlo refrescar un poco lo muelo en la licuadora y congelo hasta su uso. Tal vez todo esto debiera escribirlo en pasado, porque hoy tuvieron que pasarle un tubo nasogástrico para la alimentación. De ahora en adelante todo lo que ingiera, tendrá que ser tan líquido como la Glucerna; hasta los medicamentos molidos tapan el tubo a veces. Fue doloroso verlo soportar la inserción del tubo. Me siento un tanto vana al pensar en mi dolor, cuando en realidad es él quien sufre esa cama, esa parálisis de su cuerpo, esa limitación de todo menos de sus pensamientos, que existen solo para torturarlo y recordarle que ya no puede hacer por sí solo ni siquiera lo más básico; que tiene que permitir, con mucha vergüenza, que limpien sus desechos y exploren su cuerpo mientras lo bañan (él, que nunca se dejó ver sin camisa ni en su propia casa). Ay, Padre amado, en lugar de liberación, me sirve de condena tu sufrimiento. A pesar de lo que me enseñaste desde la niñez, encuentro injusto este tormento que vives por tanto tiempo.



La noche:
Llegó. Se mantuvo un largo rato en el auto, como siempre. En el recibidor, a través de la ventana, lo observé con el celular apoyado en el oído. Movía la cabeza asintiendo… y me pareció que sonreía. Torné a la computadora tratando de convencerme (otra vez) de que no me molestaba. Comenzaba la página veinte, cuando entró. Traía la ropa de la lavandería: dos camisas y un pantalón nítidamente planchados, colgados de sus ganchos y cubiertos por la bolsa transparente. No me miró. Me levanté y caminé hacia él, para besarlo. Lo busqué en sus ojos y no encontré nada. Unos labios duros y fríos recibieron mi beso, sin dar nada a cambio. Caminó hacia el perro, que solícito lo llamaba, con ladridos, brincos y movimientos rítmicos de una cola contenta. Se agachó para tomarlo en sus brazos, acarició la cabecita peluda y le susurró algunas palabras melosas mientras se dejaba lamer el rostro. Caminó hacia el dormitorio con el cachorro contra el pecho, mientras acomodaba la cartera, la ropa y las llaves en la mano libre. Me disponía a llamarlo, preguntarle por su día, hablarle acerca de lo difícil que habían sido las pasadas horas con mi padre enfermo, pero en ese momento escuché otro lamento de papá llamando a su hermana muerta.

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