La fiera

Era metódico, concertado, cruel y despiadado. Cada tarde, a las cinco y treinta, la estridencia del timbre escolar anunciaba el final de las clases durante el día, y el comienzo de la tortura a Chiqui, durante el regreso al hogar.
Le seguían, le chiflaban. Los improperios caían uno sobre el otro: pato, nena, maricón. Y él caminaba ligero, con los ojos húmedos, la nariz enrojecida, la cabeza baja. La hermanita, impotente, miraba llena de furia a los victimarios; superiores en número, desordenados, agresivos. Ellos se reían de mis amigos. Impunes. Triunfantes. Hasta que les daba la gana, o se cansaban, o encontraban otra maldad más divertida.
A los once años, con una estatura menuda y unos padres estrictos, no era mucho lo que podía hacer por mi amigo y vecino, pero así de temprano en la vida hice un descubrimiento que mantendría mis mecanismos de defensa erguidos por muchos años y mientras tuve que vivir en la barriada.
Una tarde, decidí rezagar mi paso, en lugar de acompañar a Chiqui y a Ivi en la ruta. Dejé el espacio suficiente entre ellos y los molestadores, quienes parecieron envalentonarse contra mis amigos. Me dediqué a observar desde atrás la dinámica que se repetía: el grupo era estimulado por un muchacho en particular. Era el más alto, pero no el más que gritaba. Instigaba a sus amigos, en ocasiones los empujaba contra Chiqui, tratando de provocar una confrontación que nunca sucedería. No con él, al menos.
En vano, le lanzaban piedras, se le acercaban, halaban su mochila, lo empujaban, y a medida que crecía la agresión, aumentaba la rabia dentro de mí. El ritmo de los pasos de mis amigos comenzó a cambiar, y en la misma proporción, el de los abusadores. Sentían miedo, y los otros se percataron. Ivi tomó la mano de su hermano y su andar se convirtió en un ligero trote, compensado rápidamente por los cuatro o cinco títeres que les seguían cada vez con más saña, entre risotadas y burlas. Yo misma no me di cuenta de lo que sucedió de inmediato. Me vi corriendo hacia el grupo; el libro de inglés, el más pesado, esgrimido con las dos manos. El silencio se impuso cuando todos, los amigos y los que no, observaron cómo dejé caer con todas mis fuerzas el libro, sobre la cabeza del más alto, el instigador que tanto daño nos causaba diariamente. No había frente a mí un muchacho. No era yo una niña diminuta. Él era un monstruo sin rostro ni nombre a quién tenía que destruir, con uñas y dientes si era preciso. Pateé, golpeé, mordí, no sé a quién y, en ese punto, ni por qué. No sé si llegó a defenderse. No escuchaba otras voces que la mía, distorsionada, aguda, gritando improperios que jamás, ni en los sueños, había utilizado.
Llegué a mi casa despeinada, una cola suelta y la otra enredada en la cinta que la sostenía, con la blusa fuera del uniforme, apretando mis libros contra el pecho. Ivi y Chiqui me siguieron en silencio hasta que enfrenté a mi madre, que me miró severa y me encaminó a la ducha sin decir una palabra.
Nuestra vida cambió, a partir de ese suceso. Tanto mis amigos, como yo, comprendimos que la fuerza reside en el interior. Descubrimos, que el tamaño no era lo esencial en una confrontación. La pasión, sobrepasa cualquier limitación. Hay una fiera dentro del ser humano que puede liberarse en el momento menos esperado. Hay que reconocerla, domesticarla, y dejarla salir sólo cuando se tenga control absoluto sobre ella.
La mía está dormidita. En espera del llamado.
Comentarios
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