Una sola Tierra


A través de los años los puertorriqueños hemos sido forzados a creer en nuestra condición de isla, como si se tratara de un defecto o carencia que nos convierte en ciudadanos ilegales, o como si tuviéramos la suerte de ser aceptados en una reservación. Sin pretender dar una lección de historia, países poderosos han pretendido adueñarse, no sólo del territorio, que de por sí es ultrajante por la pequeñez de nuestra extensión territorial, sino de nuestras mentes, generación tras generación. Lo más triste del caso es que lo han logrado en un número de isleños que pretenden dejar de serlo con la mera asimilación del país “dueño” en turno. Estos naturales han sido exitosos en alguna medida, reforzando el complejo de inferioridad que nos pretende etiquetar, confiriendo un sentido despectivo a todo lo relacionado con nuestro origen. Así que utilizan la palabra “insularismo” que todavía hoy no existe en ningún diccionario, acuñada por Pedreira con unos propósitos más legítimos que los que utilizan el término hoy en día. Esa es una palabra compuesta por: insular (de una isla o relativo a ella) e ismo (sistema, doctrina, modo), y es usada a gusto y antojo por algunos, sin el debido respeto al origen real y a las razones que hicieron necesaria su creación.
Todo esto viene, de que me permití comentar en un blog, de cuyo nombre no me acuerdo, en respuesta a otro comentario que indicaba que el mayor problema de los puertorriqueños era nuestro insularismo. Mi comentario fue breve. Me limité a preguntarle al autor del comentario, si sabía que la palabra insular significaba “de una isla o relativa a ella” y que Puerto Rico es una isla. El susodicho me indicó que Puerto Rico no es una isla, sino un archipiélago, y otra persona me aleccionó respecto al conocido ensayo de Antonio S. Pedreira, Insularismo, escrito en la década del 30 del siglo XX.
La connotación de la palabra isla ha llegado a ser tan peyorativa, que algunos niegan que Puerto Rico lo sea, prefiriendo denominarla como archipiélago, en su lugar. Me tomó por sorpresa la negación de nuestra condición por definición: una isla es una porción de tierra rodeada de agua por todos lados; y buscando las diferencias entre isla y archipiélago aprendí que la isla Puerto Rico forma parte del archipiélago que también se llama Puerto Rico. En otras palabras, decir que Puerto Rico no es una isla es faltar a la verdad, porque una verdad a medias, no es una verdad absoluta. Pero volviendo a las razones de esta meditación, hay varias preguntas que necesariamente surgen y hasta exigen sus respuestas: ¿Por qué debemos avergonzarnos de ser una isla? ¿Un pueblo que exige respeto tiene que ser una potencia mundial? O en la misma línea: ¿Una nación enmarcada en un territorio pequeño (100 x 35, por ejemplo) tiene que ser sumisa, asimilada, y humilde hasta el servilismo para merecer reconocimiento (y una palmadita en la cabeza, seguida por un “good boy”, de paso)?
Es incongruente que los escritores puertorriqueños tengan que huir de los regionalismos para poder mercadearse fuera de Puerto Rico, cuando los escritores de otras nacionalidades utilizan los suyos con suma libertad, y son aceptados por los lectores de cualquier parte del mundo. Y siguiendo la línea de las preguntas: ¿Seríamos menos insularistas si nos olvidáramos del español, y de la salsa, nos haría menos isleños el aceptar que todo lo que se haga fuera de aquí es superior a lo nativo? Y la pregunta que me da vueltas desde que las personas tan versadas en la situación de Puerto Rico lo expusieran con tanta autoridad: “¿Es ese nuestro verdadero problema, el insularismo? ¿O lo es el conflicto dominio-subordinación económica, política, social, y legal por cinco siglos? ¿O tal vez nuestro problema es más universal que lo que los isleños, renegados o no, aceptemos?
Alimento para el pensamiento.

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