Jacinto, la vaca



Nos decidimos bastante tarde (eran alrededor de las dos cuando salimos hacia un lugar que ni sabíamos si encontraríamos). Las chicas, siempre dispuestas a la aventura respaldaron mi propuesta, el “hombre del grupo” (como le gusta llamarse) no tuvo más remedio que subir al coche un poco a regañadientes, vamos hombre sal de ese sofá, respira aire puro. La Plaza de Isabela resultó ser más acogedora de lo esperado. Conseguimos estacionamiento para el auto justo al lado de la iglesia. Bajo la sombra de uno de los árboles, cuatro representantes del pueblo tradicional jugaban dominó ante la mirada soñolienta de otros tres espectadores. Dos caballeros conversaban algo retirados de los jugadores, uno de ellos se nos acercó inmediatamente: ¿Qué desean saber? preguntó tan pronto divisó mi libreta y la cámara en las manos de Vivi. Allí nos contó los detalles del pueblo, desde dónde reposaban los restos del muy respetado Manuel María Corchado y Juarbe, hasta el pueblo donde nació el actual alcalde. Sus direcciones hacia el Pozo de Jacinto nos llevaron bastante directo a nuestro destino. Por allí cerca encalló el ataúd de Vladimir hace casi diez años, lo sentimos en la piel, erizada desde que comenzó el paseo por la estrecha carretera de la costa. El espectáculo fue grandioso. Hay que respetar al mar. Su poder va más allá que el de los vampiros.

Comentarios

Marta Aponte Alsina ha dicho que…
Veo que llevas un cuaderno de escritura de tu novela y que la familia en pleno se hace cómplice de la construcción de la historia. Es lindo tener familiares cómplices. Los vampiros son adictos a sus lugares propios. Tus exóticos vampiros han añadido sus atáudes a la leyenda tradicional de la poza de Jacinto.
Una ha dicho que…
FELIZ NAVIDAD Y FELICES FIESTAS. UN ABRAZO

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