Los niños saben
Los niños tienen la clave. La semana pasada fuimos al zoológico de Mayagüez. Miguelángel me llevó. Él contaba los días en retroceso hasta que llegara el jueves, fecha que prometí iríamos. Me dolía un poco la cabeza, el día pintaba nublado, y tuve que convencer a mis adolescentes para que me acompañaran con los chicos. O sea, tenía un par de excusas para zafarme del compromiso, pero hubiera dejado de ser yo, si le fallaba a Miguelángel. No ha llegado el día en que me atreva a faltar a una promesa que haga a un niño. Y no es fácil fallarle al Migue. El viaje nos tomó dos horas y media y a la verdad me sorprendió que sólo me preguntara cinco veces si faltaba mucho para llegar. Después de pagar los veinte dólares de entrada y estacionamiento, los siete para alquilar el carrito donde llevaríamos a Iván, y pronunciar la promesa de que compraríamos algo en la tiendita de “souvenirs” a la salida del parque, nos dispusimos a comenzar la caminata aromatizada con los olores propios de donde estábamos. Recomiendo a quien se proponga esta aventura que tome el camino de la izquierda a la entrada del zoológico. Nosotros comenzamos a la derecha, buscando al elefante, animal que llena de emoción a Iván. Luego de caminar un buen trecho nos encontramos conque el elefante, muy diva, se tomó todo el puesto del mundo y no salió para que lo viéramos. La frustración era mayor en mí que en los mismos nenes. Me separé de la jaula haciendo comentarios sarcásticos acerca del parque y su ausencia de animales. Caminamos en dirección contraria, y para mi sorpresa no sólo había iguanas, pájaros y pavos reales, los nenes tuvieron la oportunidad de ver por primera vez dos leonas con su león (que de Lion King no tiene nada porque lo único que hacía era dormir), un tigre y un leopardo, algunos camellos (sin los reyes), monos de distintas razas, dos rinocerontes e hipopótamos, una tortuga gigantesca, una cebra, antílopes, una jirafa y algunas serpientes. Me sentí muy avergonzada de mis comentarios demasiado anticipados e injustificados. Los nenes se sorprendían con cada escenario y sus habitantes. Jugaron en un parquecito de chorreras y otras actividades. Comimos piraguas y mantecado. Cuando ya mis energías estaban casi en cero entramos al vivero de mariposas… y entonces yo volví a ser niña. La majestuosidad de su vuelo, la belleza de sus alas y la confianza con que se nos acercaban hasta tocarnos, transformó cualquier traza de cinismo que pudiera quedar en mi mente. Cuando mi expresión de éxtasis fue desapareciendo de mi rostro miré a Miguelángel, su sonrisa parecía decirme, ¿ves que te sientes mejor? o ¿no era esto lo que necesitabas? Ya casi para salir regresamos al ambiente del elefante. Allí nos esperaba, enorme, tranquilo y majestuoso. Era a la despedida que nos quería, tenía que decirnos adiós con sus ojos de anciano sabio para que Iván lo llevara muy fresco en su recuerdo. Regresamos cansados, pero contentos de habernos dedicado un día tan bello. Lo recomiendo a los que como yo, olvidan que la sencillez es la base de la armonía.
Comentarios
LO CIERTO QUE LLENAN NUESTRAS VIDAS Y CON SU SENCILLES CUANTO NOS ENSENAN.
Ja,ja!