Mi viejo







Me dijo que quería morir. No soporto más esta vida. Faltaban veinte para las seis, presentí que esa tardanza sería importante en un expediente que me describiría. Tomé su rostro huesudo entre mis manos mientras me miraba en su único ojo, y fui niña de nuevo.
Me ví gordita y pequeña, caminando de su mano frente a las Tres R de la avenida Borinquen. Un muchachito algo mayor que yo se le paró al frente a la vez que le preguntaba, mister, ¿le limpio los zapatos? Papi se detuvo, le sonrió y me sonrió. ¿Cómo sabe que eres maestro? ¿te conoce? Sí, me dijo, sonando el menudo con la mano que tenía dentro del bolsillo del pantalón. Era un gesto que hacía con frecuencia, como quien juega con su llavero. Sacó una moneda del bolsillo y la regaló al muchacho. La mirada de alegría del chico se adelantó a la próxima, una de profundo respeto, gracias mister.
De su mano, a una altura de la avenida que no podía caminar sola, me sentía importante. Estaba orgullosa de mi padre, de su seriedad. Lo encontraba el hombre más guapo del mundo. Para mí no era un maestro de construcción, era un médico. Más que un médico, mi padre era Dios. Su humilde taller, en la parte trasera de la casa, era para mí el laboratorio de un científico. Admiraba su maestría con las herramientas. Cada día me sorprendía más el producto de su trabajo. Quiero trabajar contigo cuando sea grande. Quiero ser como tú. ¿Puedo serlo aunque sea mujer? preguntaba casi a diario. El sonreía sin despegar su mirada del cepillo, que daba forma a la madera. Puedes ser lo que tú quieras, y procedía a tararear una canción, y a los primeros albores, de aquella linda mañana, que como rosa temprana, linda, bella, es Venus la más linda estrella, el astro de mi inspiración.
Me sentía Venus, me sentía bella. Mi padre nunca hizo referencia a mi figura, muy lejos de la armonía de una Venus. Por eso no me acomplejaban las bromas de mal gusto de algunos niños en la escuela.
Papi me hizo creer importante. Me enseñó a soñar. Me preguntaba qué sería en el futuro. No estaba segura de lo que quería ser; a veces quería ser maestra, otras trapecista, algunas escritora, otras veces sacerdote. De lo que estaba segura es que sería lo que deseara ser, mi papá me lo decía.
La congoja oprimió mi pecho. Ahora era yo la adulta y él, el niño frágil. Angustiada le recité al oído sus logros a través de los años. Sus sacrificios por nosotros, sus enseñanzas, su ejemplo y fortaleza aún en esa cama, que se había convertido en parte de su cuerpo desde el derrame incapacitante. Le pedí paciencia. Le supliqué confianza en el Dios que me presentó desde niña. Bendito sea Su Nombre, me dijo entre lágrimas, y cubrí de besos aquella frente adornada de una corona blanca. No pude ir a mis clases. Él me necesitaba cerca. Y yo lo necesitaba a él.

Comentarios

Arlene Griselle ha dicho que…
ESTOY MUY SENCIBLE HOY, ESTE POST ME HA HECHO LLORAR.
Una ha dicho que…
Te acompaño en el sentimiento,mi madre también murió el 14 de Junio,pasé con ella las últimas semanas de vida prácticamente día y noche, aún estoy algo desorientada.Un abrazo.

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