Fue algo así como una experiencia religiosa. Sin blasfemias ni sarcasmos, algo impactante de verdad. Tal vez a los que han tenido la dicha de pasar por esto en repetidas ocasiones, puede parecerles graciosa mi emoción, simple, sin importancia. Si estos escritores rebobinan sus recuerdos, si se permiten dar marcha atrás y recordar qué sintieron al tener su primer libro en las manos, recordar cómo acercaron sus páginas a la nariz para grabar aquel momento en sus neuronas, se unirán a mi emoción como si les perteneciera, entenderán que no sólo se debilitan las rodillas al ver el sueño realizado, recordarán cómo se inclina el alma ante un suceso que debiera pertenecer a la materia. Y es que el arte, a pesar de percibirse con los sentidos físicos, es una urgencia etérea que no tiene más remedio que manifestarse en el mundo que llamamos real, para llenar nuestros ojos, deleitar nuestros oídos, y en ocasiones nuestro olfato, como ahora cuando huelo la tinta recién impresa en ...
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